En la época del Terror revolucionario en Francia, mientras su propietario era arrestado, un loro gritó inoportunamente, como a bien seguro lo hacía con harta frecuencia, “¡Viva el Rey!”. Los dos “contrarrevolucionarios” acabaron muertos: uno, el hombre, en la guillotina; otro, el animal, con el pescuezo retorcido. Las palabras eran, por aquel entonces, peligrosas. Cierto es que casi nunca los animales hablan o nos hablan, como recuerda Pierre Serna en su magnífico Como animales, que llega a las librerías españolas en una excelente traducción, pero sí resulta imposible comprender y explicar un periodo como la Revolución Francesa sin ellos y sin la constante interacción que mantuvieron animales y hombres. Sostiene el autor, en las primeras páginas de la obra: “Dominados, colocados en lo más bajo de la escala de los seres vivos, explotados, utilizados, devorados y sacrificados, pero también observados, conservados, naturalizados e incluso seleccionados, mejorados, vendidos y apreciados, los animales están en todas partes para quien esté dispuesto a leer de otra manera los manuscritos o a mirar con nuevo interés las imágenes y las obras que nos ha legado el siglo XVIII”.

Animalizar constituía y sigue constituyendo una forma de denigrar y destruir al otro

Pierre Serna es un historiador francés, riguroso y original, enemigo de lugares comunes, interpretaciones sencillas y categorías débiles y pomposas. Sus libros sorprenden siempre de manera positiva a los lectores interesados. Puede ser considerado, en la actualidad, como uno de los grandes historiadores de la Revolución Francesa. En Como animales, Serna nos ofrece un ejercicio de combinación entre la historia revolucionaria francesa y la de los animales. Estos últimos, como rezaba el título de una obra pionera de Robert Delort, de 1984, tienen, en efecto, historia. ¿Cómo interpretar sin ellos y sin la fuerza animal la época preindustrial o ese momento decisivo de finales del Ochocientos? Además, el siglo de las Luces había redescubierto al animal y abierto una ventana para repensarlo y reconsiderarlo. El resultado de la propuesta de Serna es un muy interesante libro de historia política de las relaciones entre hombres y animales entre mediados del siglo XVIII y mediados de la centuria siguiente, con especial atención a los años de 1789 a 1802.

Animales y bestias humanas durante la Revolución Francesa

La obra está dividida en cinco partes, que exploran distintos aspectos de estas peculiares y omnipresentes relaciones. En la primera se estudian, a partir de una colección de más de seiscientos informes de la policía parisina entre 1789 y 1799, los daños provocados por animales y los conflictos que estos generaban. El nuevo orden pretendía proteger a personas y bienes, prevenir, educar a los nuevos ciudadanos y responsabilizarse de la higiene pública. De ahí que las autoridades prestaran mucha atención a las carnicerías, al trato y maltrato de los numerosísimos caballos que poblaban las ciudades, a los espectáculos con animales —de las ferias a los combates de bestias salvajes— o a las consecuencias jurídicas de los actos de los animales. El segundo bloque trata del nacimiento del Museo de Historia Natural y de la Casa de Fieras de París. Este parque zoológico, creado en 1793, fue un éxito. El ciudadano regenerado podía contemplar en semi-libertad al animal republicanizado. Una nueva arca era ofrecida tras el último diluvio revolucionario. El desarrollo de la ciencia tenía mucho que ver, evidentemente, con todo lo anterior. La tercera parte de Como animales se ocupa de la veterinaria y del proyecto agrorrepublicano impulsado durante el Directorio. La figura del veterinario François-Hilaire Gilbert, cuya máxima obsesión consistió en crear una raza de oveja francesa, buena productora de lana, recibe una atención bien merecida. Sus andanzas por España, con pastores y soldados, ovejas y rebaños, resultan apasionantes.

Es una aportación historiográfica tan destacada como fascinante, rica en materiales, en ideas, y en reflexiones

La historia política de la animalidad y la animalización como forma política son abordadas en el cuarto bloque. El lenguaje político de la Revolución está en el centro de todas las miradas. A través de los animales se planteaban temas que afectaban, en esencia, a hombres y mujeres. Animalizar constituía y sigue constituyendo una forma de denigrar y destruir al otro. Las páginas dedicadas a Lois-Sébastien Mercier, al marqués de Sade y su supuesto bestialismo o bien a los orígenes de un movimiento vegetariano republicano resultan de gran interés. Aborda la última parte del volumen la animalización del pueblo —el ciudadano incómodo con pulsiones demasiado animales— y el surgimiento de un particular racialismo francés, que tuvo un reflejo claro en el restablecimiento de la esclavitud en 1802. Esta había sido abolida, en otro contexto, en 1794. La degradación del negro y de la negritud, con sus asimilaciones a los simios, es una de sus más nítidas evidencias. El hombre-mono se convierte en una anomalía imaginaria e imaginada. De una ciencia abierta del hombre, la naturaleza y el animal, asegura el autor, acabó pasándose a una ciencia de la clasificación, la ordenación utilitaria y la exclusión.

La Revolución Francesa, precedida por el siglo de las Luces —el papel de Linneo, Buffon y tantos otros se nos antoja decisivo—, pudo haber propiciado un replanteamiento también revolucionario de las relaciones entre los animales y los hombres. El animal jugó un papel no menor en aquella época trastornada y estuvo a punto de ocupar otro lugar en la nueva sociedad, más armónico y abierto. No fue posible. Esta ventana de oportunidad se cerró a principios del siglo XIX. Pierre Serna lo cuenta detalladamente en este trabajo. Estamos, en fin de cuentas, ante una aportación historiográfica tan destacada como fascinante, rica en materiales, en ideas, en reflexiones y en pistas prometedoras de cara al futuro. Un gran libro.

Publicado el 9 de marzo de 2020

https://elpais.com/cultura/2020/03/05/babelia/1583404485_676678.html

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