Cuando nos dicen que el turismo es el motor de la economía y que urge reactivarlo, hay que preguntarnos, ¿de la economía de quién? y ¿de qué tamaño es la huella social, económica y medioambiental que dejamos cada vez que viajamos?

 

Son vacaciones de verano. Ya sé, llevamos tres meses encerrados y finalmente el semáforo epidemiológico dice naranja. Además, quién quita que en alguna playa ya sea amarillo. Nos queman las ansias de viajar de nuevo, aunque sea en coche, para ir a la playa. Seguro el mar es antiviral y si no, el sol y la arena quizás sí.

Aunque de eso no hay ninguna evidencia, es lo que queremos creer. Pero querido lector, ¿te has puesto a pensar en el costo ecológico del turismo? ¿Cuál es la huella social, económica y medioambiental que dejamos cada vez que decidimos viajar? Cuando nos dicen que el turismo es el motor de la economía, yo me pregunto, ¿de la economía de quién?

Analicemos dos sitios contrastantes: Cancún y Cuatro Ciénegas. El primero es un destino de playa en el Caribe con fama internacional, cuyo aeropuerto era hasta hace poco el segundo más transitado del país. El otro es un pueblo en el desierto, en el estado de Coahuila. Para llegar ahí hay que manejar al menos tres horas luego de llegar en avión a alguna de las ciudades cercanas: Torreón, Saltillo o Monterrey. Ambos tienen aguas transparentes color turquesa, pero en uno de ellos, durante los últimos 25 años, el recurso natural ha sido abusado en nombre del progreso y la economía (recordemos al Lorax de la columna pasada) y en el otro, debido a la intensa investigación científica, la mayor parte de sus pozas están protegidas.

Cancún tiene más de 200 hoteles, al menos 50,000 habitaciones. La mayoría de estos enormes complejos turísticos son “all inclusive”, así que no aportan a la economía local, solo a la de los dueños, en su mayoría extranjeros, que pagan salarios bajos a la mayor parte de sus empleados. Seis de cada 10 cuartos pertenecen a familias españolas multimillonarias. Para construirlos se destruyó el manglar y el sistema lagunar, se han sobreexplotado los acuíferos y contaminado las aguas. ¿Todo esto a cambio de qué?

“No importa, hay que hacer más dinero”, dice el gobernador de Quintana Roo. Y a este “desarrollo” implacable, le siguieron 20,000 cuartos más extendiéndose hacia Tulum y Bacalar. Todo esto, ¿para quién? Y sobre todo, ¿a cambio de qué?

Ya se acabaron Cancún. Los hoteles tienen que importar arena y en tiempos de pandemia se están perdiendo fortunas y miles de empleos porque los vuelos chárter que les traían miles de turistas de todo el mundo ya no se están moviendo. Tan es así, que el gobernador de Quintana Roo consideró al turismo actividad esencial, y el 9 de junio abrieron 41 hoteles de lujo, a pesar de que estábamos todavía en semáforo rojo. Ahora el estado tiene más de mil casos activos de Covid-19 y las defunciones ya son más de 700.

“Trabajé en Quintana Roo entre 1986 y 1987. La Riviera Maya comenzaba a fraccionarse y la autopista llegaba hasta Akumal. De allí hasta Chetumal era una carreterita de ida y vuelta. Era común ver aves, mamíferos y reptiles atropellados por los autos. Tulum era un pueblito maya con su centro ceremonial, al cual llegaban caminando por la selva peregrinaciones de diferentes pueblos de la zona maya rebelde de Tixcacal Guardia”, recuerda mi amigo Jorge Canela, compañero biólogo de la facultad de Ciencias de UNAM. “La ampliación de la autopista Cancún-Tulum provocó un crecimiento desmedido del pueblito, acaparando terrenos, generalmente para quedar en manos de extranjeros. Los mayas originales llevan muchísimos años viviendo de la naturaleza, milpa, chicle, flora y fauna silvestre, y su concepto de desarrollo y felicidad es muy diferente al que se les ha impuesto”.

¿Cuántos mayas son dueños de los hoteles en la Riviera Maya? En cambio, ¿cuántos mayas limpian los cuartos y los baños? ¿Cuál es el costo social de estos desarrollos millonarios? Ahora que el turismo no viene, ¿cómo hacen sus empleados para comer?

Para contrastar modelos de turismo, vayamos ahora a Cuatro Ciénegas de Carranza en Coahuila. Llegamos a este lugar espectacular en 1999 invitados por la NASA, sólo cinco años después de que se había decretado área protegida de flora y fauna. Hace 20 años había un solo hotel y dos restaurantes, era un pueblo dormido en el desierto donde la gente iba a nadar a las pozas desde las ciudades de Monclova, Saltillo, Monterrey y Torreón, sin tener idea de que lo que estaban pisando era la evidencia mas antigua de vida en el planeta.

Cuatro Ciénegas es un oasis extraordinario en un valle con forma de mariposa, rodeado de montañas espectaculares. En sus aguas se encuentran las comunidades microbianas más diversas del planeta, mismas que son descendientes directos de los bio-ingenieros que transformaron al planeta tierra de un sitio anóxico, con mar anaranjado, en el planeta azul lleno de vida que hoy conocemos.

Sin embargo, este oasis está amenazado por la sobreexplotación del agua profunda para irrigar cultivos de alfalfa, tanto por canales, como por pozos. Ingenuamente, en 2003 empezamos a hacer una campaña de concientización de la importancia biológica de Cuatro Ciénegas, apoyándonos en el interés de NASA de estudiarlo como símil de Marte. Fue un desastre. En 2004 llegaron 100,000 spring-breakers que contrataron camiones desde Monclova y Monterrey. Destruyeron todo, dejaron su basura y no le compartieron al pueblo casi nada de su dinero. Al ver el sitio lastimado y sucio, me puse como pantera y hablé con un grupo de hoteleros locales que habían rentado el manantial donde nosotros hacíamos nuestros estudios. Les explique lo que estaba en juego, los emocioné y se convirtieron desde entonces en nuestros aliados para la conservación.

Tras 16 años de trabajo podemos decir que Cuatro Ciénegas, a diferencia de Cancún, está desarrollando un turismo más responsable. Hay 450 cuartos en total (ya no debería de tener muchos más, esa es su capacidad de carga) y numerosos restaurantes, así como las mejores paletas heladas del mundo, según yo. Lo importante es que la mayoría de los hoteleros y dueños de los restaurantes son locales y son consientes de que su recurso natural tiene que estar protegido. Es por esto que ahí se hace trekking, bicicleta y turismo espiritual, pero se nada en las albercas de los hoteles, no en las pozas donde habitan los estromatolitos (con algúna excepción, como veremos luego), ya que estos arrecifes calcáreos que dominaron el planeta por miles de millones de años, lograron sobrevivir con sus linajes ancestrales en Cuatro Ciénegas y los turistas lo saben. Ese es uno de sus atractivos, pero solo los ven, no los tocan.

Sin embargo y tristemente, hay una excepción. El único hotel cuyos dueños no son locales organizó un evento masivo en marzo de este año donde unas 1500 personas asistieron a un concierto de rock sobre las frágiles dunas de yeso. En teoría iban a respetar a la naturaleza (no se uso nada desechable), pero actualmente, me dicen, ya tienen una demanda por parte de la CONANP por no respetar los lineamientos del área protegida. No hay manera de controlar a tanta gente, pero al menos utilizaron la infraestructura del pueblo y el dinero se quedó principalmente ahí. A partir del incidente los hoteleros locales se están organizando para que esto no vuelva a pasar, y es lo razonable, ya que es momento de pensar cuál es el verdadero costo de nuestro turismo.

El tema del turismo vs. la conservación de los ecosistemas y sus habitantes originarios esta muy presente ahora en el debate en torno al Tren Maya, pero ese es un tema que requiere un análisis más cuidadoso que reservaré para la columna de agosto.

Por lo pronto, me gustaría cerrar este texto con la siguiente reflexión: el próximo 15 de julio se va a nombrar el “día internacional del estromatolito”, y el suceso va a hermanar dos sitios de la Riviera maya: Sian ka´an y Bacalar; con Alchichica en Puebla, y Cuatro Ciénegas, en Coahuila. Estos cuatro sitios tienen, vivas, comunidades microbianas extraordinariamente cohesivas que forman estromatolitos. A pesar de que hay evidencias fósiles de que estas comunidades complejas llevan al menos 3,600 millones de años existiendo en el planeta, son muy frágiles a la perturbación humana, ya que crecen muy despacio y en sitios donde las algas no pueden. Por lo anterior, los sitios con estromatolitos son lugares con aguas, o muy saladas, como Alchichica, o muy pobres en nutrientes como Bacalar, Sian Ka´an y Cuatro Ciénegas. Estos sitios tienen que ser protegidos del turismo bestial porque los estromatolitos son muy escasos en el mundo. La contaminación los mata, igual que los mata la lancha, los muelles y el protector solar que nos ponemos sin saber que con él impedimos su fotosíntesis ancestral. Esa es la razón por la que no se puede nadar en la mayor parte de las pozas de Cuatro Ciénegas, salvo en el río Mezquites, que compró el hotel depredador, y en un sitio, Las Playitas, donde un grupo de hoteleros locales pretende desarrollar un modelo de turismo respetuoso al ambiente que pretende ser referente nacional.

Protejamos lo que nos rodea, que nuestra huella al caminar sea ligera, limpiemos todo lo que ensuciemos a nuestro paso. Y busquemos que económicamente tengamos un impacto a nivel local, protegiendo a los productores y al comercio justo. No es necesario, ni gastar demasiado, ni sacarse selfies en lugares exóticos, es suficiente que escuchemos a las olas o a los pájaros y gocemos cada atardecer con el gozo simple de estar vivos y estar juntos.

 

Publicado el 14 de julio de 2020

https://gatopardo.com/opinion/turismo-de-siglo-xxi-motor-del-desarrollo-o-nemesis-ambiental-valeria-souza/

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