Pocas veces abandonamos nuestro lugar de origen por elección. Buscamos mejores opciones de vida que se fundamenten en ventajas económicas, de trabajo, de tranquilidad y desarrollo para los nuestros y para nosotros. Cuando tomamos la decisión de irnos, lo hacemos impulsados por problemas a los que ya nos les encontramos solución. Los casos de migración motivados por una oferta de empleo o una beca de estudios, siempre son tratados como una bendición que no le toca a todo el mundo.

En conseguir esa oportunidad de una existencia mejor se arriesga cualquier cosa, hasta la vida. Las imágenes constantes que recibimos de la frontera sur de nuestro país o de Europa o de Asia, son de cientos de personas que desafían obstáculos sin recursos y conviven con innumerables peligros a lo largo de su trayecto. No es casual que la trata de personas sea uno de los negocios de mayores ganancias para el crimen más organizado, cuando se trata de traficar con familias completas en las fronteras.

Ese tipo de migración es una de las caras más vergonzantes de nuestro planeta, precisamente porque sabemos que nadie espera abandonar su hogar y sus raíces para refugiarse en un sitio que no conoce, con un idioma distinto y otras costumbres. Es mi caso, por ejemplo. Mi abuelo, el hijo menor de su familia, recibió de su padre un poco de dinero, el compromiso expreso de que no regresara nunca a su tierra natal y la petición de que avisara en cuanto pudiera a qué país había logrado llegar. Mi bisabuelo tomó la decisión después de perder a dos hijos en la guerra y supongo que no pudo soportar la idea de arriesgar a uno más.

Las raíces, el arraigo, son conceptos que nos dan identidad y ese es uno de los rasgos básicos que nos hacen humanos. Buscamos pertenecer y sentirnos parte de un lugar es el primer elemento de esa pertenencia, es nuestro origen. Por eso, la situación de las caravanas que llegan a la frontera sur es tan delicada. Una nación que ha expulsado a millones de personas hacia el norte, aparece incongruente cuando trata de evitar que hagan lo mismo los del sur.

Desde que inició esta diáspora hace casi dos años, el problema político y diplomático ha tenido un conflicto social adicional: cómo explicar en un país de migrantes que hay una oposición creciente (o encubierta por años) a que migrantes centroamericanos lleguen a México para alcanzar los Estados Unidos.

Tuve la oportunidad de recibir, junto a muchas y muchos voluntarios y servidores públicos, a la primera caravana que arribó a la Ciudad de México a las instalaciones de la Magdalena Mixhuca. Eran miles de personas con historias muy similares a cualquiera de las nuestras, gente amable y solidaria, gente idéntica a nosotros que sólo persigue vivir en paz y con tranquilidad; su común denominador era la esperanza de que vendría un futuro mejor y por eso valía la pena el sufrimiento. Lo sorprendente fue la reacción de rechazo de muchas y muchos capitalinos, principalmente porque era, y es, una capital construida por migrantes de todo el país. Recién se hizo pública una encuesta en la que, tristemente, esa oposición alcanzaba números muy similares a los que hoy se registran en la Unión Americana en contra de nuestros paisanos.

Conseguir congruencia en este tema será una tarea difícil. A lo largo de la historia, las olas de racismo crecen o disminuyen, pero no desaparecen por completo. Este es un tiempo en que el sentimiento antinmigrante se ha fortalecido y no se ve que disminuya pronto; es un terror artificial que sirve para manipular a través de una de sus armas fundamentales: el miedo al otro. Esto no es nuevo, aunque ahora nos ocurre a nosotros como sociedad. ¿Cómo queremos ser recordados cuando la historia narre estos episodios? ¿Seremos parte de esos momentos en los que prevaleció el terror y el rechazo? ¿O nos ubicaremos dentro de los pocos, y luminosos, lapsos en los que hemos abierto los brazos a quienes necesitaron un hogar? Esas son las preguntas que debemos respondernos cada uno de nosotros. Siempre hemos presumido con orgullo nuestra imagen de calidez y de buenos anfitriones, también hemos elevado nuestra solidaridad y apoyo a millones de mexicanas y mexicanos que tuvieron que abandonar sus lugares de origen para ir a probar fortuna a otras naciones, porque aquí no encontraron una oportunidad.

Nuestro continente es uno de los pocos que aún cuenta con recursos naturales y espacio territorial. Debemos construir sociedades que no expulsen a nadie, que generen prosperidad y condiciones dignas de vida para que no sea necesario irse a ninguna parte, a menos de que sea por voluntad propia. Mientras tanto, busquemos seguir defendiendo a nuestras y nuestros paisanos y familiares en los EU, a la par de ayudemos y respaldemos las iniciativas para recibir a quienes persiguen —como nosotros— un lugar en el que puedan vivir seguros, tranquilos y enriquecer con su trabajo.

Publicado el 26 de enero de 2020

https://m.excelsior.com.mx/opinion/luis-wertman-zaslav/migracion/1360456

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